Hace algunas semanas tuve la oportunidad de comentar acerca de La Mano de la Buena Fortuna, de Goran Petrovic (como se escriba), el mejor libro que he leído en lo que va del año; así que tratando de encontrar algo igualmente disfrutable emprendí la lectura de “Cuando fuímos huérfanos” de Kazuo Ishiguro.
Es una novela muy entretenida que narra la historia de un niño inglés que se ve despojado de sus padres en el Shanghai de por ahí de 1920. Primero desaparece el padre, y este niño (Cristopher Banks) junto con su amigo y vecino, el japonés Akira, se permiten soñar a determinar el paradero del padre de Cristopher jugando a los detectives.
Cristopher, niño al cabo, vive las pesquisas y la búsqueda real de su padre como algo un tanto ajeno, que además no le interesa mucho; él vive más atento a sus juegos y a los verdaderos problemas que él y su amigo Akira tienen, por ejemplo, la búsqueda de un terrible y espantoso secreto que esconde un criado de la casa de Akira, de quien sospechan que corta las manos de los niños para convertirlas en arañas. Desentrañar este secreto lleva a los niños a momentos de enorme tensión que culminan en el robo de ciertas pertenencias del criado quien se ausentó por algunos días. Culpables, los niños ahora se ven en el dilema de devolver lo robado, pero el miedo impide a Akira hacerlo solo, por lo que Cristopher le propone hacerlo juntos (como juntos cometieron el robo). Sin embargo, en la fecha acordada para realizar la devolución, es justo cuando desaparece el padre de Akira y después de algunos días de que Akira no le dirige la palabra a Cristopher, la amistad se reanuda con los juegos de detectives.
Así siguen las cosas hasta que llega un día en que Cristopher es abandonado por un amigo muy cercano de la familia entre el gentío de Shanghai y cuando finalmente Cristopher logra regresar a su casa ha ocurrido la desaparición de su hermosa madre.
Cristopher es enviado a Inglaterra, queda bajo el cuidado de una tía, crece, se educa y se convierte en un detective profesional, el mejor de Inglaterra. Cada vez más su destino le llama a regresar a Shanghai a detener la descomposición del mundo, a salvarlo del mal; finalmente un día, no puede resisitir más y regresa a Shanghai, para terminar de una vez y para siempre con la maldad de su juego de detectives.
La novela me pareció buenísima, aparentemente todo es coherente en ella; pero de alguna manera, con maestría, Ishiguro introduce ciertos elementos de caos a lo largo de la misma. Hasta llegar a un momento climático en el que toda esa coherencia se derrumba para convertirse en una loca y frenética búsqueda de una incierta casa en donde absurdamente Cristopher cree que permanecen secuestrados sus padres, lo cual eventualmente deviene en el encuentro con Akira (soldado japonés invasor) y en su rescate de ser linchado, para finalmente encontrar una realidad muy, muy diferente; para lo cual no era necesario ser Sherlock Holmes y descubrir la verdadera naturaleza de las cosas.
Es una buena novela, valío tanto la pena leerla que hasta me he dado una tregua en mis lecturas; pero ya estoy listo para acometer mi primera lectura del gran Sarámago (Ensayo sobre la ceguera, ya les contaré).
Por cierto, ayer pasé cerca de la Plaza de Toros México; la avenida Revolución estaba atestada de tráfico gracias a varios cientos de autobuses de pasajeros que estaban estacionados en doble y hasta triple fila en el tramo de Revolución que va de aproximadamente la Calle 3 hasta casi llegar a Mixcoac. Calculo que fueron unos dos kilómetros de autobuses estacionados, si quitamos los cruces con calles y avenidas debemos pensar en unos 1500 metros de autobuses, uno tras otro, que a razón de 15 metros por autobús (¿alguien sabe cuanto mide de largo un autobús?) resulta en 100 autobuses en línea. Como ya lo comenté hacían dos y hasta tres filas de cada lado de Revolución. Siendo conservador estimo que había unos 300 autobuses, es decir, tres filas en total, de 100 autobuses cada una, que a razón de 40 pasajeros por autobús, nos da un total de 12,000 pasajeros.
Todos los pasajeros que ví tenían un “look” de beneficiarios del programa gubernamental Oportunidades, más ó menos así, en su mayoría, los autobuses y muchos de los pasajeros en cuestión llevaban distintivos de un candidato a la presidencia. Por lo que logramos discernir, una buena cantidad de los autobuses provenían de los estados de Guerrero e Hidalgo. ¡Ahhhh, casi lo olvido!, venían al encuentro, mitín, manifestación de apoyo ó como se haya llamado, de Felipe Calderón (FeCal para abreviar) en la mencionada plaza de toros.
No creo que hayan sido acarreados, FeCal y Josefina Vázquez Mota (coordinadora de la campaña del susodicho candidato y anteriormente secretaria de Desarrollo Social, curiosamente responsable del mencionado Oportunidades) serían incapaces de acarrear gente de esa manera vil y sucia en que lo hacen los otros partidos sucios. No, ellos no lo harían, ellos van a misa al igual que yo; se confiesan, al igual que yo; comulgan, al igual que yo. No, si yo soy incapaz de acarrear gente ellos tampoco lo harían ¿ó sí? (ya me entró la maldita duda, todo por leer a ese Ishiguro)
Queridos amigos, gracias por la atención que me brindan. Un saludo cordial del Jerf, resistiendo los embates del panismo rampante.
P.D. Mi activismo político, por el momento, se enfocará a la crítica en este espacio. No he decidido pasar a una acción más enérgica ó a apoyar a algún candidato; no es por nada, pero ningún candidato le llega al Jerf, aunque ciertamente y como muchos lo saben, el Jerf es un hombre de izquierda.